La chaqueta a rayas permanece
en la silla, como siempre.
Lustrosa, digna
almidonadamente limpia,
contigo adentro.
Como si te tocara el alma,
al contacto de tu piel desteñida,
conectando sus hilos con tus tendones.
Obligándote a releer ese libro
que ya odias de memorias,
pero conoces,
casi tan perfectamente
como tus manos conocían
mi cuerpo.
Pero eso es de antaño,
años luz de vida,
de tu vida, la mía.
de la mía, la tuya.
Ahora te vistes de asco,
perdón de saco,
perdón de saco,
maletín y corbata.
Me besas la frente
y yo sigo convertida
en un mueble de la casa,
en escoba de interiores.
So pena
-repito-
Manchaste el saco
con un poco de café.
Tendré que ir
por la escobilla.
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